•29 enero, 2017 • Dejar un comentario

Hemos tenido en esta semana tal vez dos de los días más lindos con Antonia de toda su vida. Ahora que nos reconoce tan claramente, nos sonríe tanto, y reacciona con interés a las cosas y juegos que le proponemos, los ratos juntos se me hacen cortos, y creo que nunca he disfrutado tanto cantarle, hablar con ella, contarle historias y escucharla responder con sus ruidos chistosos.

Toda esta alegría contrasta en mi cabeza con la angustia creciente de lo que está pasando en Estados Unidos desde hace una semana, y en particular hace un par de días con las acciones ejecutivas que el gobierno de Trump está llevando a cabo para impedir la llegada de refugiados musulmanes. Las historias que he escuchado en estos días, y la angustia de las familias que están comenzando a ser separadas por estas acciones, resuenan casi constantemente en las sonrisas que me saca Antonia cuando mueve las piernas eufóricamente. No tengo cómo conciliar ambos sentimientos, ni cómo separarlos lo suficiente como para que en el la felicidad de uno no aparezca de súbito el dolor del otro, un dolor por supuesto imaginado, evocado, teórico, tal vez. Y dado que nadie habla de otra cosas que del régimen fascista que lleva armándose durante tantos meses sin ningún tipo de vergüenza, nuestros días nuevos de tanta esperanza acompañados por esta chiquita (muchos de mis recuerdos) tienen la contracara de un mundo cada vez más cerca de la catástrofe. Su llegada al mundo ha sido también el crecimiento vertiginoso de las metamorfosis más repugnantes de la derecha en todo el mundo (los resultados del plebiscito en Colombia, de las elecciones en EE.UU., el resurgimiento de la ultraderecha en Alemania, Francia, Inglaterra y tantos otros lugares.)

¿Qué le depara este mundo a Antonia? Tal vez, ¿qué le depara ella al mundo?

The Aquarium

•27 enero, 2017 • Dejar un comentario

I just read that famous text by Aleksandar Hemon about his daughter, Isabel. I remember reading about him, and then Tatjana, who comes from former Yugoslavia, mentioned him a couple of time during dinner, when we stayed with her in Berlin during the summer. I only learned today that he lives in Chicago, and that all the horrible story that he tells happens here, somewhere. There is a point in the narration when he drives on Fullerton, toward the lake, and I can imagine almost block by block where that scene takes place.

I dreamt yesterday that Nathalia and Antonia were going to be caught up in an avalanche, and I was too far to come to help them. I actually did not know where they were, and how to get there; the only thing I knew is that they were not on my side when the catastrophe was approaching. I feared ( I was terrified, waking up in the middle of the night because of my loud screaming) that I was going to survive and they were not.

That was before reading Hemon’s piece, today. I am having dreams like this more and more often. I fear something, even more than before.

Changó el gran putas

•13 enero, 2017 • Dejar un comentario

Sigo leyendo Changó el gran putas, pero la lectura se hace larga y difícil. Parte de lo que producen estos tres meses de extenuación, de no dormir más de cuatro o cinco horas seguidas por tantos días, es la pérdida de capacidad de concentración y una imposibilidad de mantenerse en la misma tarea por suficiente tiempo. Con este libro en particular, que cambia cada de dos o tres páginas de narrador, alternando a veces entre seis o siete por cada parte, la concentración se hace tal vez aún más importante. Zapata Olivella traza un hilo espacial y cronológico, tejido por los espíritus de aquellos que a lo largo de meses limaron las cadenas en el fondo de la nao; un hilo que lleva de África a América. Seguir este hilo que liga las figuras de tantos héroes de la resistencia en negra en América requiere de pronto una fortaleza (de cuerpo, tal vez, más que de espíritu) que no estoy seguro de tener en este momento.

O, es posible, que nunca podría tener. El proyecto mismo de perseguir los innumerables caminos del muntu (el pueblo africano desperdigado por todo el mundo, o el espíritu de lo africano en cada uno de sus descendientes), a pesar de tener el ánimo de ser una reconstrucción colectiva, comunitaria, africana, se conecta sólo en los puntos particulares que une ese hilo, casi exclusivamente en los hombres, fuertes, casi sobrehumanos, que componen la narración (Ngafúa, Benkos Biohó, el Babalao, Toussaint, Mackandal, etc.) El destino del muntu se pierde en esas figuras, justamente como se desperdiga a lo largo del continente y de sus miles de sus islas. Tal vez se trate justamente de que no se puede seguir en un hilo (ni en muchos) la diseminación iniciada por el tráfico trasatlántico de esclavos.

God

•9 abril, 2016 • Dejar un comentario

No one laughs at God in a hospital
No one laughs at God in a war
No one laughs at God in a hospital
No one laughs at God in a war
No one’s laughing at God in a hospital
No one’s laughing at God in a war

Autorretrato a los veinte años.

•5 diciembre, 2015 • Dejar un comentario

Me dejé ir, lo tomé en marcha y no supe nunca
hacia dónde hubiera podido llevarme.
Iba lleno de miedo, se me aflojó el estómago
y me zumbaba la cabeza:
yo creo que era el aire frío de los muertos.
No sé. Me dejé ir, pensé que era una pena
acabar tan pronto, pero por otra parte
escuché aquella llamada misteriosa y convincente.
O la escuchas o no la escuchas, y yo la escuché
y casi me eché a llorar: un sonido terrible,
nacido en el aire y en el mar.
Un escudo y una espada.
Entonces, pese al miedo, me dejé ir,
puse mi mejilla junto a la mejilla de la muerte.
Y me fue imposible cerrar los ojos y no ver
aquel espectáculo extraño, lento y extraño,
aunque empotrado en una realidad velocísima:
miles de muchachos como yo, lampiños o barbudos,
pero latinoamericanos todos,
juntando sus mejillas con la muerte.

Roberto Bolaño, Autorretrato a los veinte años

•14 julio, 2015 • Dejar un comentario

El Foreign Office lo obligó a tomar diez días de vacaciones. Se resistía a apartarse de Londres antes de la aparición del Blue Book, pero, al fin, consintió en partir. Acompañado de Nina, que pidió un permiso en la escuela donde enseñaba, estuvo una semana en Cornwall. Su fatiga era tan grande que apenas podía concentrarse en la lectura. La mente se le dispersaba en imágenes disolutas. Gracias a la vida tranquila y la dieta sana, fue recuperando las fuerzas. Pudo dar largos paseos por la campiña, disfrutando de unos días tibios. No podía haber nada más distinto del amable y civilizado paisaje de Cornwall que el de la Amazonia y, sin embargo, pese al bienestar y la serenidad que sentía aquí, viendo la rutina de los granjeros, pastar a las beatíficas vacas y relinchar a los caballos de los establos, sin amenazas de fieras, serpientes ni mosquitos, se encontró un día pensando que esta naturaleza, que delataba siglos de trabajo agrícola al servicio del hombre, poblada y civilizada, ya había perdido su condición de mundo natural —su alma, dirían los panteístas— comparada con aquel territorio salvaje, efervescente, indómito, sin amansar, de la Amazonia, donde todo parecía estar naciendo y muriendo, mundo inestable, riesgoso, movedizo, en el que un hombre se sentía arrancado del presente y arrojado hacia el pasado más remoto, en comunicación con los ancestros, de regreso a la aurora del acontecer humano. Y, sorprendido, descubrió que recordaba aquello con nostalgia, a pesar de los horrores que escondía.

Mario Vargas LlosaEl sueño del Celta, XII

Make sense of all the lights

•21 mayo, 2015 • Dejar un comentario

All this time, witness to the changing tides
All the while, finding ways how to make sense of all the lights
To shape the winds, to shape the currents
And the rigid hives we’re living in
All this time, witness to the changing tides