Asombro

Tal vez sí espero que Antonia me traiga de vuelta, en los años que vienen, ese asombro que solía sentir ante el mundo, un asombro que se ha ido secando con el tiempo, no sé muy bien por qué. O sí sé: por el pesimismo de ver cada vez más al mundo  marcado por estructuras milenarias que determinan mucho de lo que es, mucho de lo que antes me parecía interesante sin más; predeterminado, ya escrito, ya condenado. Y a pesar de que teóricamente me resista a pensar que esas estructuras de desposesión y separación, de borradura de una parte del mundo sosteniéndose al mismo tiempo sobre ella, determinen toda la realidad, todo lo que se puede percibir, y crear; a pesar de que trate de convencerme de que en cada acto de creación o en cada palabra nueva el mundo puede comenzar a existir de nuevo, lo cierto es que no logro quitarme de encima la marca de esa interpretación y la tristeza entonces de no encontrar ya nada nuevo, de no asombrarme frente a lo que percibo por considerarlo siempre más de lo mismo.

Pero ya en los ojos grandes que tiene Antonia, y sobre todo en cómo los abre frente al mundo, veo ese asombro que tanto me hace falta y que ella es capaz de contagiarme: la forma en la que me mira, después de mirar el mundo, preguntándome “por qué” con los ojos. Y yo mismo, extrañado, dudoso, apenas a tientas cuando trato de explicarle por qué el perro del frente ladra sin cesar, por qué hay unos libros sin imágenes, por qué no se debe comer las cáscaras de las frutas, por qué, por ejemplo, la luz entra tan fuerte por unas ventanas y por otras no. El amor con el que salen cada una de esas palabras, que no son finales, que no permiten más que una hipótesis, o una creencia, o incluso una invitación a pensar con ella por qué, a averiguar qué es lo que podría explicar lo que vemos del mundo juntos.

La creencia radical de que el amor es capaz de abrir caminos nuevos, que no todo está determinado de antemano y que en cada momento se encuentra el mundo entero contenido, con todas sus posibilidades, para ser transformado en algo mejor, más justo, más lindo. Y tal vez, que en esa posibilidad misma se sustenta la belleza del mundo y el poder estar abierto al cambio, al asombro. El amor sería entonces un poner en cuestión constante, el que una explicación cualquiera resulte tan importante que termine poniendo patas arriba las estructuras de la explicación que me daría mí mismo a medias, sin llevar el argumento hasta el final, básicamente porque yo no me intereso tanto a mí mismo, no lo suficiente como para pensar bien, a fondo, lo que veo. Es ese amor que construimos lxs tres lo que puede llegar en algún momento a cambiar lo que hay, y a demostrarme, con fuerza, que nada está dado de antemano y que todo puede ser, que todo será, distinto.

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We, the larger ones, possess a degree of power over the lives of children that we would find inconceivable and unspeakably tyrannical in any other context. Yet, we mostly wear this power as some divine right not to be questioned, not to be wrestled with as one would wrestle with an angel for the sake of one’s soul. Or we try to minimize and trivialize this power by limiting our concepts of our function to those of discipline, or to those of boundless hugs and kisses. Or we pretend we do not have this power, in the name of what we mistakenly call freedom, we exert ourselves as little as possible, beyond meeting a relatively middle-class notion of creative needs. Or we pretend we do not have this power because we look at ourselves, and look at the mess, the horrendous, shameful mess that is our international legacy to our children and we think, “God. I don’t know, kid; don’t ask me.”

June Jordan, “The creative spirit: Children’s literature. In Revolutionary Mothering

Poetry

Sometimes we drug ourselves with dreams of new ideas. The head will save us. The brain alone will set us free. But there are no new ideas still waiting in the wings to save us as women, as human. There are only old and forgotten ones, new combinations, extrapolations and recognitions from within ourselves – along with the renewed courage to try them out. And we must constantly encourage ourselves and each other to attempt the heretical actions that our dreams imply, and so many of our old ideas disparage. In the forefront of our move toward change, there is only poetry to hint at possibility made real. Our poems formulate the implications of ourselves, what we feel within and dare make real (or bring action into accordance with), our fears, our hopes, our most cherished terrors.

Audre Lorde, “Poetry is not a luxury”

 

This, another formulation of what I have been feeling for a long time, so disconnected from myself and my inner light. It is that quality of light of which Lorde speaks at the beginning of the piece I am reading right now what I have lost in the past few months, the mere capacity of closing my eyes, my ears, myself to the external noise and make a connection to what is going on inside me.

No new ideas, just old ones, buried within myself.

The last few days after we returned to Moscow I got to meet one woman I had noticed all through the Conference. She was an Eskimo woman. Her name was Toni and she’s Chukwo. They are from the part of Russia closest to Alaska, the part that wasn’t sold by the Russians, across the Bering Straits. Toni did not speak English and I didn’t speak Russian, but I felt as if we were making love that last night through our interpreters. I still don’t know if she knew what was going on or not, but I suspect that she did.

I had been extremely moved by her presentation earlier in the day. We sat down to dinner, about ten of us, and Toni started speaking to me through our interpreters. She said that she had been searching for my eyes in the crowd all through her speech because she felt as if she were talking to my heart. And that when she sang the little song that she did, she sang it for a beginning that she hoped for all of our people. And this lady cast, let me tell you, a very powerful spell. There are only four- teen thousand Chukwo people left. In her speech at one point she said, “It is a very sad thing when a whole people ceases to ex- ist.” And then she sang a little song which she said her people sing whenever something new happens. Her dark round eyes and seal-heavy hair flashed and swung in time to her music. It sent a chill down my spine at the time, because although there are 21 million Black Americans, I feel like we’re an endangered species too, and how sad for our cultures to die. I felt as if we alone, of all the people at the Conference, shared that knowledge and that threat, Toni and I. At dinner Toni kept telling me how beautiful I was, and how it was not only my beauty that she would carry with her always but my words, and that we should share our joys as well as our sorrows, and some- day our children would be able to speak freely with each other. She made toast after toast to women and to their strength. All of this was through our interpreters. I was trying to decide what to make of all this when Toni got up, moved over, and sat down beside me. She touched my knee and kissed me, and so we sat all through dinner. We held hands and we kissed, but any time we spoke to each other, it was done through our interpreters, blond Russian girls who smirked as they translated our words. I suppose Toni and I connected somewhere in the middle of the Aleutians. She kissed my picture on my book before she got up, thanked us for dinner, and went off with the male Latvian delegate from Riga.

Audre Lorde, “Trip to Russia” (V), Sister outsider

Post empezado hace tres años

Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea, cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario.

Borges, “Prólogo”, El jardín de los senderos que se bifurcan

Estoy pensando en incluir “El jardín de los senderos que se bifurcan” (el cuento, no el libro), entre los textos a leer para el curso que voy a dictar este trimestre en la universidad. En cierta medida, el curso podría partir de un análisis de los textos de Borges sobre el tiempo, y sobre todo, a la manera cómo se podría leer la historia (con mayúscula y con minúscula) a partir de estas concepciones. Más que concepciones sobre el tiempo o la temporalidad, estoy pensando el curso como un comentario a distintas formas de entender la filosofía como una actividad que hace historia: que hace memoria, por ejemplo, o que ejecuta la disciplina de la Historia, o que narra la historia individual y colectiva de personas, pueblos o tradiciones, o que da cuenta de la historicidad humana o de los conceptos y valoraciones filosóficos, etc. Algunas de las puestas en escena de Borges permiten una discusión profunda de estas maneras de relacionarse con la historia, más allá de ser “teorías” o versiones del tiempo, que es la manera usual en la que se leen dichos textos filosóficamente. En el caso de “El jardín de los senderos que se bifurcan”, por ejemplo, se olvida a menudo que la  historia está narrada por lo menos en dos niveles distintos, y que ambos están referidos efectivamente al pasado, un pasado que, además, se niega en la idea misma del laberinto de Ts’ui Pên. Algo parecido (en lo que toca a los niveles) es lo que sucede en “Utopía de un hombre que está cansado”, en el que el narrador cuenta desde el pasado la historia de su viaje al futuro después de haber ocurrido; es decir, una especie de futuro del futuro en el pasado. De nuevo, la necesidad de este pasado es negada por la visión de mundo de los humanos del futuro en su afán de abandonar y negar la historia. Esa narración es una forma de historia, que sin embargo se presenta también como una reflexión sobre la historia: o bien da cuenta de la importancia de abandonarla (si se sigue la filosofía de “alguien”), o bien muestra el absurdo de esa concepción, plasmado en la pintura que el narrador trae del futuro y que sirve como vestigio, memoria, narración, etc. (Una pintura casi invisible)

En el caso del primero de los relatos, Borges emplea una vez más el truco que comenta en el prólogo: en vez de escribir el libro, simplemente lo supone y se limita a dar una noticia del mismo. Ahora bien, ¿qué es exactamente lo “empobrecedor” de escribir estos libros largos por oposición a su mero reporte? ¿Qué se gana no escribiéndolos? Pareciera que su resumen, sólo por ser conciso y dar cuenta de la forma, de la idea, basta como reporte. La forma por sí sola. Pero ésta es entonces otra forma de historia, sólo que es la historia de una idea, o de un libro inexistente, pero que podría existir. El reporte de una idea, tanto como el cuadro de “alguien” es el reporte de una visita y una conversación. Y hay aquí, entonces, una reflexión que vás más allá de una simple enunciación de una forma de temporalidad, o la discusión teórica de la negación del tiempo.

Silencio

Digo que el acontecimiento, ese pasar de una orilla a otra en el que se experimenta dicha fuerza, no es posible expresarlo, aprestado para la ofrenda, sino a través y tras el silencio que lo sigue. Verdad nocturna. Toda la fuerza difusa del mundo nada puede a la hora de la Expresión si no has nadado de esta orilla a aquélla y enriquecido luego tu silencio en la nueva orilla.

Édouard Glissant, Sol de la consciencia

No hay más silencio, como si un murmullo se levantara sigiloso de todo el suelo que piso, como cuando una llovizna ligerísima caía sobre la tierra y era primero el olor del polvo, y no las gotas sobre la cabeza, lo que delataba que había comenzado a llover en la cancha de fútbol del colegio. No hay un momento tras cada momento para considerar el paso del tiempo, para escuchar el silencio y decidir que no es el mismo espacio que acaba de suceder. No hay soledad con la qué comparar la presencia de ese murmullo y el olor del polvo. Hay un lento ocurrir de una escena tras otra en mi cabeza, de una fecha tras otra, de una explosión de luz sobre la pantalla una vez más, que se forma de la anterior como un mismo fluido. La mayoría de las veces es por mi propia iniciativa, como si para combatir el murmullo se hiciera necesario poseerlo, propiciarlo yo mismo hasta que se convirtiera en algo voluntario y, por lo tanto, mío; siendo mío, no sería más anestesiante, no más angustioso.

Pero hay otra forma de poseer el murmullo: creándolo. No facilitándolo, no sometiéndome voluntariamente a él con la ilusión de hacerlo mío, sino poniéndolo en palabras y convirtiéndolo en algo que me hale, que me inspire. Escribir el silencio hasta que se pueda escuchar su olor a polvo elevándose rápidamente; tal vez, incluso hasta poder predecirlo.

Hemos tenido en esta semana tal vez dos de los días más lindos con Antonia de toda su vida. Ahora que nos reconoce tan claramente, nos sonríe tanto, y reacciona con interés a las cosas y juegos que le proponemos, los ratos juntos se me hacen cortos, y creo que nunca he disfrutado tanto cantarle, hablar con ella, contarle historias y escucharla responder con sus ruidos chistosos.

Toda esta alegría contrasta en mi cabeza con la angustia creciente de lo que está pasando en Estados Unidos desde hace una semana, y en particular hace un par de días con las acciones ejecutivas que el gobierno de Trump está llevando a cabo para impedir la llegada de refugiados musulmanes. Las historias que he escuchado en estos días, y la angustia de las familias que están comenzando a ser separadas por estas acciones, resuenan casi constantemente en las sonrisas que me saca Antonia cuando mueve las piernas eufóricamente. No tengo cómo conciliar ambos sentimientos, ni cómo separarlos lo suficiente como para que en el la felicidad de uno no aparezca de súbito el dolor del otro, un dolor por supuesto imaginado, evocado, teórico, tal vez. Y dado que nadie habla de otra cosas que del régimen fascista que lleva armándose durante tantos meses sin ningún tipo de vergüenza, nuestros días nuevos de tanta esperanza acompañados por esta chiquita (muchos de mis recuerdos) tienen la contracara de un mundo cada vez más cerca de la catástrofe. Su llegada al mundo ha sido también el crecimiento vertiginoso de las metamorfosis más repugnantes de la derecha en todo el mundo (los resultados del plebiscito en Colombia, de las elecciones en EE.UU., el resurgimiento de la ultraderecha en Alemania, Francia, Inglaterra y tantos otros lugares.)

¿Qué le depara este mundo a Antonia? Tal vez, ¿qué le depara ella al mundo?